Aire de Tramuntana Mallorca: better in winter

Playa de MallorcaTengo un amigo algo peculiar. Tiene desdoblamiento de personalidad, le gusta hacer malabares y cada vez que ve una estrella fugaz pide un deseo paradójico: que ese mismo deseo no se cumpla. Dice que es la forma que tiene de comprobar que el mundo no explota. Quizá lo que más me impactaba de mi amigo es que nunca desayunaba. Creo que todo el mundo debe hacerlo, por una cuestión de salud física y mental. Pero todo cambió aquella vez que fuimos a Mallorca a principios de marzo.

Trabajar en el mundo del turismo es un puñal de doble filo cuando uno quiere irse de vacaciones. Por una parte, está genial poder escapar de las grandes masificaciones y llegar a ese destino soñado en temporada baja, cuando el mundo parece que rota más despacio, y que las calles están esperando a que pases para empezar a existir del todo. Pero claro, también es cierto que encontrar compañero o compañera de viaje, si es que así se desea, se convierte en una tarea titánica. Reclutar a mi amigo, en este caso, no fue difícil. Tenía una mano ganadora, y es que las Baleares siempre seducen, pero también noté que sus cejas se habían arqueado un poco. Se preguntaba si un destino así merece la pena en invierno.

Cuevas del Drach
En el Mioceno se formaron las Cuevas del Drach, que constan de más de dos kilómetros de recorrido a 25 metros de profundidad.

Cuando llegamos al submundo subterráneo que son las Cuevas del Drach, el debate había desaparecido. Casi tan antiguas como el mundo mismo y moldeadas por el mediterráneo, recorrer las cuevas es sumergirse en la grabación de alguna película de aventuras. Los millones de alfileres pétreos, que crecen un centímetro cada cien años, le dan un tinte más épico todavía. El concierto de música clásica es quizá una de las experiencias más extra-corpóreas que he podido vivir. Comencé a flotar por el ambiente, moviendo la cabeza obnubilado por todo. Me contemplé a mí mismo en tercera persona.

Como en casi todas las islas que he visitado, si quieres conocerlas a fondo y poder llegar a los lugares más especiales y recónditos, habrás de conducir. Mallorca no es la excepción. Pero tienes suerte, porque aquel anuncio del señor que sacaba la mano por la ventanilla y afirmaba estar encantado de ir al volante parece haber estado inspirado en la carretera que conduce al Cabo Formentor. Si disfrutas de manejar un coche, te apasionará. Si te cuesta un poco, no te importará hacer el sacrificio. Es más, te apenará que no existan más apartaderos a lo largo del camino. En Formentor, los coruñeses nos encontramos como en casa, ya que el viento te golpea la cara por siete lugares distintos. Los desfiladeros son como cuchillos de sierra que cortan el agua a trescientos metros de altura.

Cabo Formentor
Dicen los mallorquines que aquí es dónde se encuentran los vientos. Ese día hicieron un grupo de Whatsapp para quedar cuando estuviese yo.

Tras salvar unas cuantas letras S más, se llega al Faro de Formentor, y la sensación es que allí se acaba el mundo. Si no viniese yo de tan cerca de Finisterre, en la Costa da Morte do sol, donde el astro rey se funde con el agua en eterna comunión, pensaría que así es. En todo caso, las vistas son sobrecogedoras. Llenamos los pulmones con el aire de la Tramuntana y nos sentimos heroicos, imperturbables, vencedores.

Faro de Formentor
El fin del mundo es esa nube.
Cabra en el faro de Formentor
En el fin del mundo hay ciclistas, turistas, cabras e infantes.

Después de tantas emociones fuertes era tiempo de algo más sosegado, y lo encontré en Pollença. Allí las ensaimadas son jugosas y el tiempo se detiene. Como si cada peldaño de las gigantes escalinatas que tiene el pueblo fuese una hora en el reloj. Uno piensa en leyendas de antaño y el minutero empieza a correr.

Ceràmiques Monti-Sion
Artesanía local. Ya todo el mundo sabe cómo me gusta eso.

Mi amigo y yo nos miramos, y cuando quisimos darnos cuenta, ya nada era lo mismo. Habían transcurrido cientos de años y habíamos alcanzado la inmortalidad en este lugar, donde Churchill descansaba y Agatha Christie deambulaba buscando la inspiración. Ya todos sabemos que finalmente la encontró. Desde el centro del pueblo hay que, obligatoriamente, subir los 365 escalones necesarios para alcanzar el Calvario. Los cipreses amortiguan el esfuerzo, que se convierte en más que justificado cuando uno se da la vuelta, ve lo que ha subido y otea cual halcón la preciosa panorámica que existe desde este punto.

Calvario de Pollença
De calvario nada. Eso sí, la escalinata significa, literalmente, subir un año.
Nadie sabe el origen de este puente, pero le llaman romano, y lo cierto es que da el pego. Venga, va, Pollença lo merece.

Habíamos decidido usar Palma de Mallorca como lanzadera durante toda la semana, y dejar la gran capital para el final. Es difícil estimar cuánto tiempo es necesario para verla. Cada rincón te invita a que lo descubras, y es uno de esos sitios en los que callejear sin rumbo, simplemente dejarse llevar como si supieses hacia dónde vas, es casi obligatorio. Tras divisar el planeamiento urbano desde el Castillo de Bellver, auténtico coloso del siglo XIV, decidimos descender hacia la civilización.

Castillo de Bellver
Bella vista, que es lo que significa “Bell veer” en catalán antiguo.

En Palma, el camino te acaba encontrando a tí, y llegas al puerto para que las embarcaciones de recreo formen una flecha gigante que te indica por dónde has de continuar. Y es que claro, al fondo se halla la espectacular Catedral de Santa María de Palma de Mallorca. La Seu es una esbelta y presumida muchacha gótica que decidió escoger el sitio que había ocupado la antigua mezquita de Medina Mayurca, ideal para proteger su belleza con las murallas que cerraban la ciudad ya desde los romanos y que fueron reedificadas en el Renacimiento.

Puerto de Mallorca
Gótico levantino a la orilla del mar. Sí que es presumida la tía, sí.

No muy lejos de allí se encuentran los Banys Árabs, testigos de que hace cientos de años, las gentes ya sabían vivir bien. No tenían smartphone, ni televisión, ni quizá tantas exigencias ni expectativas como tenemos ahora, pero ni falta que les importaba. Sabían apreciar la belleza, el trabajo y cuándo era necesario premiarse con un tiempo de relajación y desconexión, que fue justamente lo que yo hice en la isla de Mallorca.

Baños árabes de Mallorca
Ohmmmm….

No sé si lo habréis adivinado, pero ese amigo al que convencí para ir a Mallorca era yo mismo. Me daba vergüenza admitirlo en un primer momento, pero ahora ya tenemos confianza. Habría que reformular la pregunta. Quizá no hay que preguntar si merece la pena visitar las Baleares en invierno. A lo mejor la pregunta debe ser ¿cuándo no merece la pena estar allí? Francamente, no he encontrado todavía la respuesta.

#BetterInWinter

Y tú, ¿qué piensas?